La senda de Ameland

Ciertamente Otto Barbarrosa y sus secuaces, eran tristemente para esta historia, malvados piratas de categoria inferior. La aparente bravura y crueldad se tornaba en una sucesión de grotecos gestos cómicos, cuando la absenta era consumida con tanta ansiedad. Nada de piratas épicos con garfios y pata de palo. No, estos eran más bien una lamentable algaribía de borrachos delirantes, que poco a poco, como hojas de otoño, iban cayendo por la calles ante al apabullante peso del alcohol en la sangre.
La isla no aportaba gran diversión a los habitantes de ésta, y la única razón de los piratas Frisones para anclar en Ameland radicaba en que este era el único lugar de tierra firme donde Otto podía ejercer su autoridad con el beneplácito de su padre el Rey Barbarrossa. Una limosna dejada caer con desprecio para un hijo desheredado con la intención de que éste estuviese entretenido y de la corte apartado.
Los seudo hombres se aburrían, el clima era gélido y había pocas mujeres para saciar su ávidos deseos de disfrutar de una noche de dudosa demostración de amor y más aún cuando todos tenían en mente en ese viaje prometido por Bas, el lugarteniente de Otto al mando de la nave bucanera. Bas les había prometido a cambio de su fidelidad, un viaje a la lejana isla del sur que él en su juventud conoció. Aquella magnífica joya del Atlántico llamada La Palma, donde no entenderían las palabras, pero si encontrarían mujeres jóvenes, alegres y morenas. Sólo habían de aguardar el permiso de Otto cuando éste solucionase las dispustas con su padre.
Entretanto, Arent, fustigado por el látigo de la indiferencia, vagaba de acantilado en acantilado después de verse libre de la celda en la que tras su captura fue recluido. En una de esas noches de delirio, sus guardianes olvidaron echar la tranca a la puerta y pudo escapar, raudo pero con rumbo a ningún lugar.

Y comenzó a llover. Sólo, muy sólo, desamparado en tierra insular y extraña, Arent contempló como de un cielo embravecido, un tremendo aguacero comenzó a caer.
Triste, empapado y muy hambriento, encontró en el suelo un pez muerto. Tenía tanta hambre que no le importaba comérselo crudo y cuando se disponía a ello, divisó a lo lejos a un hombre anciano caminado junto a un buey que de leña iba cargado. Arent se puso en pie pero temeroso no se acercó. Sin embargo el hombre del buey, cuando ya apenas se le podía ver, se giró sobre sus pies y le hizo señas para que se acercase o le siguiese. Arent no lo pensó dos veces ante la posibilidad de terminar con su lamentable estado de soledad y fue tras él.
Poco a poco se acercaba, pero extrañamente nunca lo alcanzaba. El anciano giró en un lugar determinado y comenzó a caminar por una vereda que se adentraba en un frondoso bosque. Arent, aunque cansado, había comenzado a acelerar notablemente el paso y aun así no entendía como viéndose por su juventud mas ágil que el anciano, la distancia no se reducía. A veces lo conseguía pero entonces, el anciano y el buey tomaban una curva y cuando se les volvía a ver, la distancia entre ellos se había vuelto a triplicar. Los árboles iban ocultando la claridad, la noche comenzaba a caer y las alimañas de un bosque cada vez mas cerrado llenaban el aire de sonidos extraños e inquietantes. El joven teutón, ya no veía nada, ni a nadie en el horizonte y comenzó a dar voces para llamar a su señuelo, pero no tuvo respuesta.

Desanimado se sentó en una roca en la mas inmensa tristeza y se durmió, desfalleciendo en un improvisado lecho de hojas.
En la oscuridad de la noche, el crepitar de unas ramas pisadas le despertó. Cuando miró a su alrededor, vió que un círculo de sombras le rodeaba. Todas asían una antorcha prendida y Arent en un instante, sitió como de su camisa, se le salía el corazón...

Continuará...
Este relato está dedicado a Maika, que vive en un Pais de Soledad.




harukaze dijo
Ay, señor duende, ¿hasta cuando se va a prolongar esta incertidumbre?. Pensaba que lejos de los piratas pendencieros, Arent acabaría encontrando una salida, una ayuda, alguien... y cuando parece que es así se convierte casi en una pesadilla porque no consigue alcanzar al hombre con el buey. Ahora casi tengo taquicardia pensando en esas sombras con antorchas; ¿serán espíritus o sabios refugiados en el bosque? ¿le proporcionarán alguna ayuda?.
Qué larga se me va a hacer la espera y qué arte para mantenernos en ascuas, duendecillo.
:) Besos.
15 Marzo 2008 | 08:46 AM