Un hombre cuerdo y valeroso
Víctor estaba a las puertas del taller de Briones donde solía trabajar. Ensillaba su caballo para regresar a la posada de Haro. Había adelantado algo esa mañana perfilando plumas con un fino formón, sobre una paloma de madera que sería la encarnación del Espíritu Santo en el futuro retablo. También dió instrucciones a Juan Refranero, encomendándole trabajos para una semana, como pulir tablones y tallar filigranas en la base del banco principal. Eran cosas de poca monta, que requerían más tiempo que habilidad.

También le advirtió de su ausencia en los próximos días, pues un viaje debía hacer y lo de menos era saber el porqué. Sólo le dijo que regresaría en breve, pues para Asturias, cuatro días de ida y tres de vuelta serían suficientes, pero no quería que le dijese a nadie hacia donde iba y que ni siquiera mentase, que de la Rioja estaría ausente.
Confíe en mi maese -le dijo Juan- pero es menester que me diga algún motivo para el viaje, pues de intriga a veces muere la gente y si me preguntan, más extraño será el silencio que una excusa aparente.
Escucha Juan, - le dijo Víctor- yo y otros hombres, vamos a llevar a Teresa de Añaga a un lugar donde la podrán sanar de sus heridas. Aquí los médicos ya hicieron lo que pudieron y de aquellas tierras, alternativas prometedoras a nuestros oídos llegaron. Pero no digas a nadie a donde vamos ni para qué. Diles si te preguntan, que a por nuevas pinturas y materiales a Vitoria he marchado.
En boca cerrada no entran moscas, maese -sentenció Juan haciendo honor a su sobrenombre Refranero- . No tiene por qué preocuparse. Así lo haré y mis labios cerrados serán un ejemplo de discreción, prudencia y moderación.
Víctor, le miró a los ojos y enarcó ambas cejas en señal de escasa confidencia, dió media vuelta para montar y como alma que lleva el diablo hacia la villa de Haro partió, donde había combinado encontrarse con Jeremías y Daniel.
Ya en en la plaza de Haro, Víctor vió a Daniel con otros dos niños jugando con su caballo alado de madera. Aque hermoso Pegaso esmaltado en azul turquesa y rematado con ribetes plateados en el perfl de sus alas. Se acercó y el chico le dijo que los demás amigos a quiénes buscaba,estaban en el interior de la cantina.
Cuando Víctor se adentró en la taberna con su bolsa de viajero, demoró en encontrarlos pues el local estaba abarrotado de gentes. Era domingo, había mercado y se acercaba la hora del almuerzo, justo cuando los comerciantes cerraban sus tenderetes satisfechos de lo que en aquella mañana habían despachado.

Al final, los encontró. Jeremías, Carmela, aquella niña bajita con zapatos de tacón alto, y Ciriaco compartían mesa. Héctor estaba de pie sobre las espaldas de Jeremías tirándole de las orejas. Cuarenta y cinco años de amistad permitían esas licencias.
Ciriaco mientras tanto reía. El domingo, era el único día de la semana que el pobre Ciriaco no lloraba.
¡Que ocurre aquí! saludó Víctor sonriente al alegrarse de verlos.
Siéntese maese -le invitó Héctor-. Le estoy tirando de las orejas a esta vieja gloria de la medicina, por burro y por senilidad de pensamientos limitados ypoco ilustrados. Jeremías me ha contado que van a hacer un viaje para llevar a Asturias a la joven Teresa. ¡En que cabeza de doctor cabe esa descabellada idea!. Con esas montañas escarpadas, esos caminos retorcidos y este clima gélido, ¿cuanto tiempo de viaje cree que aguatará con vida la pobre mujer?
No es ella quien tiene que ir a la curandera, somos nosotros quienes debemos traerla a la meiga hastaella. Y no hace falta que vayamos tantos hombres, todos tenemos quehaceres importantes de qué ocuparnos.
Yo mismo podré acercarme sólo al Islote de Castro, consultar los remedios que la bruja recomienda y traerlos cuanto antes. Un hombre sólo y cuerdo (dijo mirando socarrón a Jeremías), es ligero como un ave que vuela con el viento.
Víctor no tuvo más remedio que darle enseguida la razón, y Jeremías con nariz colorada, mirando su jarra de vino asentía arregañadiente.
Ciriaco tartamudeó, pero nadie le entendió.
Mañana -prosiguió Héctor, muy temprano, iremos a las Salinas que están en el camino de Asturias. Allí Nicanor -el hombre bueno- me dará las guías y consejos que necesito para alcanzar el camino del Islote y raudo partiré hacia el norte.
Víctor levantó su copa - ¡brindo por el valor y la sabiduría de los hombre de estas tierras! - y todos, al unísono, sus jarras en lo alto estrellaron.

Continuará...





eric dijo
O sea que Hector irá en sustitución de Victor a Asturias. No sé si tener más miedo a un duendecillo que me lee los sueños que olvido o a una sevillana que desde los "Rincones" tiene poderes de persuasión sobre los seres fantásticos del bosque.
21 Octubre 2007 | 11:17 PM