Un viaje desesperado
El doctor Jeremías estaba desesperado. Teresa tenía una fiebre ardiente y la sangre contaminada por alguna infección generalizada. La herida en el hombro había cicatrizado bien, pero nadie parecido a un humano, podría haber sobrevivido al brutal esfuerzo que su débil cuerpo estaba haciendo por huir de esa sombra con guadaña que acechaba las Salinas de Añaga.

Jeremías apoyó su brazo sobre los hombros de Nicanor, "El hombre bueno", y ambos comenzaron a caminar despacio y resignados hacia el pueblo que descansaba en una noche solitaria. El médico se lamentaba: creo, querido amigo, que lo único que la mantiene con vida es la promesa de vivir que le hizo a su hijo. Esperar a que el joven recupere la vista y pueda ver el rostro de su madre aun en cuerpo y alma, para después ella partir al otro mundo y dejar al pequeño Daniel un recuerdo hermoso para el resto de sus días. ¡Que noble tarea es esa a la que la hermosa Teresa se encomienda!.
En verdad, amigo Nicanor, que así son las paradojas de la vida. Mientras uno se acerca a la luz, la otra se aparta inexorablemente de ella, ¡que curioso y triste relevo!, así como el sol no puede ver a la luna, el hijo no puede cruzar la mirada con su madre.
Nicanor Beltrán, habia viajado mucho y conocía muchas historias de esta enigmática región de la España antigua, pero ésta, por contemporánea, era de las que más rumores entre la plebe local provocaba y así se la relató al anciano doctor.
- Hay una isla frente a la costa Asturiana, cerca de la Villa de Ribadesella. Lo lugareños la conocen como el Islote de Castro y se levanta majestuoso entre playas de fina arena. Dicen que allí vive una bruja. Una anciana curandera que huyó de la Iglesia para no ser sacrificada, a la que ellos la llaman Meiga de Castro.
Las autoridades se han acercado a este islote aparentemente deshabitado, y nunca un ser vivo han encontrado, pero en las noches de luna llena, dicen que se puede ver una columna de humo que emana desde esta insular tierra.

Es sabido - continuó Nicanor - que gentes que gravemente enfermaron, en su último aliento hasta el islote navegaron. Las gentes de lugar, guardan discreto silencio, pero si vas por allí y le arrancas alguna palabra a alguien, te contarán que aquellos cuerpos decrépitos que a la mar se hicieron, regresaron vivos, pletóricos y de sus desdichas liberados por algun hechizo nunca revelado.
Sí -le dijo Jeremías-, yo también escuché esa historia que más puede tener de leyenda que de verdad demostrada. Pero el mes pasado me dijeron que el Obispo de Oviedo, consciente del revuelo y alboroto que se estaba formando, declaró la isla como lugar poseído por el mismo diablo. Catalogó como acto hereje, el admitir siquieraa cuestión la veracidad de lo sospechado, e incluso el viajar hasta el lugar, sería castigado con excomunión y declarado pecado punible con todo el rigor de la estricta justicia que se practica en la región.
Sí Doctor - respondió Nicanor -pero cuando uno pierde toda esperanza, el castigo apenas amedranta. ¿Cree aún que puede hacer algo por Teresa?.
No - dijo el Doctor -, ya he probado todas mis pócimas y recetas. No puedo hacer más que esperar el desenlace fatal.
Entonces - le dijo Nicanor - si todo está perdido, sólo nos queda quebrar la reglas. Hemos ir hasta allá e iremos usted y yo. Llevaremos a Teresa, pues no dejaremos marchar esta vida y dejar al chico ciego y sólo en este mundo pendenciero sin hacer un último esfuerzo.
- ¡No irán sólos! -dijo un voz grave y decidida a sus espaldas. - Nosotros iremos también. A ambos nos incumbe y ambos hemos de arriesgar si queremos merecer y tener esperenzas e una resurrección adelantada.

Jeremías y Nicanor se giraron, era Víctor de Yuste y el pequeño Daniel de su mano asido. Ambos habían estado todo el tiempo escuchando .
Continuará...




eric dijo
¡Y salió Asturias!
¿Te trajiste tambien alguna leyenda de Florencia?
Un abrazo, duendecillo.
12 Octubre 2007 | 05:55 PM