Triste Lobo de Mar
El viejo Stan, se encontraba sentado en su silla preferida. De su pipa emanaba un humo blanco que se confundía con la neblina del Mar del Norte.
Así pasaba los días en la pequeña aldea de Volendam, unos cuantos kilómetros al norte de la floreciente Amsterdam.
Tenía el cabello y la barba larga, dominados ambos por el insípido color albino que se estilaba; la piel cortada por el viento, y los ojos azules de tanto mirar al mar.
Sí, así era ahora su vida. Todo el día lo pasaba mirando al interminable océano que la marea perezosa acercaba a sus pies.

El viejo lobo de mar, esperaba ver algun día a su hijo regresar.
Aquél que dos años atrás fue arrastrado desde la cubierta del bergatín pescador, hacia la oscuridad de las aguas, en una noche de relámpagos y truenos desgarradores. Triste momento en el que una grandiosa y pendenciera ola separó para siempre, la vida del joven aprendiz de pescador, de la decrépita paternidad que lo protegía.

O quizás, Stan miraba al mar por no dirigir la vista hacia la casa donde él vivía con su mujer.
Sí, así era, para no ver a la aún hermosa esposa Lissy, llorar desconsolada, como de constumbre hacía ante los fogones donde asaba los arenques.
¡Qué más dá!
La cuestión era, que todas las mañanas, Stan se encomendaba a algún Dios conocido, ofreciendo su alma a cambio del regreso de un joven, al que las aguas traicioneras que solían darle la vida y el sustento, ese día tuvieron un desdichado capricho. Cambiar el destino para arrebatarle a su hijo el don supremo. La vida.
Aquella mañana, le tocó el turno al Dios Cristiano, al que prometió peregrinar hasta donde sus fuerzas alcanzaran, ya fuese Roma, Jerusalén o Santiago. El caso era que cualquier distancia se presentaba diminuta comparada con el deseo de saber la verdad sobre la desaparición de su único hijo, Arent.
Pero el día pasó y nada ocurrió. En un invierno donde los días eran tacaños, la noche le abordó y el frío le hizo estremecer. Entró en la casa de madera, besó a Lissy en la mejilla, y la abrazó. Después miró por la ventana. Sólo oscuridad y el monótono sonido de las olas estallando contra el muelle.
¿Un día más o un día menos?, pensó. Y sopló la vela del candil que iluminaba la habitación.

Continuará...








ytuquepiensas dijo
Que lindo escribes y estare pendiente de la continuacion .....debe ser muy dificil perder a un hijo pero mas aun estar con la sosobra de que pueda estar vivo o muerto esperemos que esta novela tenga un final feliz....gracias por pasar por mi blog ....hace mucho que no te veia por ahi dejaste solo a Now ya que son los unicos dos hombre que me comentar ....feliz regreso de vacaciones ...muchos besos
31 Agosto 2007 | 10:54 PM