El Diablo campea por la Salina

Las Salinas de Añaga, estaban formadas por un conjunto de eras o plataformas de madera sobre las que se extendía el agua salada. Esta, se dejaba evaporar al sol hasta dejar el residuo salino someramente seco y listo para ser retirado a los almacenes donde seria finalmente pasada por la criba y el tamiz.
Había decenas de eras, cada una para una familia y el agua circulaba para todos igual distribuyéndose a través de un laberinto de canales también de madera, los cuales tenían al lado de cada era un pequeño orificio tapado con arcilla fresca. Para dejar entrar el agua a la era, se retiraba la masilla y cuando estaba llena, se volvía a sellar el orificio de modo que el agua continuase su curso hasta la siguiente plataforma. Así sucesivamente.
Nadie podía retirar mas agua de la que cabía en su era y nadie podía bloquear el paso del agua hasta la siguiente. Del cumplimiento estricto de estas normas se encargaban los llamados “Hombres Buenos”. Hombres respetados en el pueblo por su honestidad y buen gobierno.
Nicanor Beltrán era uno de ellos, y esa mañana llegó a la plaza de Haro, galopando veloz sobre su alborotado caballoy voceando por doquier en busca del Doctor Jeremías.
Daniel, la criatura que hacía progresos con su vista pero que aún no distinguía bien las figuras, si que conseguía discernir luces y colores aunque fuese a duras penas. Se encontraba en casa del doctor jugando con el caleidoscopio que Héctor el zapatero le fabricó con cristales y espejos coloreados e introducidos en un tubo de caña.

Ambos, Jeremías y Daniel saltaron como un resorte alarmados por las voces de Nicanor.
¡Doctor!. - Exclamó el Hombre Bueno -. Ha habido un accidente en la Salina. Uno de los pilares de la era cedió y ésta se derrumbó para caer en el río. En ella trabajaba Teresa de Añaga extendiendo la sal como siempre. Al caer una de las tablas se partió astillándose peligrosamente. Teresa cayó sobre ella y se la clavó en el hombro. Sufre un profundo corte y se encuentra muy grave. Ha perdido mucha sangre. Debéis acudir de inmediato.
Jeremías cogió su maletín, se dirigió a la posada y llamó a Víctor de Yuste. Le pidió que cogiese a Daniel y que le acompañase. A toda velocidad tardarían al menos tres horas en llegar.
El posadero, le dejó otro de sus caballos pues ocho patas corren más que cuatro. Engancharon las acémilas y partieron siguiendo el rastro del caballo de Nicanor por el largo y tortuoso camino que bordea las montañas hasta Añaga.
¡Válgame Dios¡ dijo el Doctor llevándose la mano a su boca al ver la herida en el hombro de Teresa. Está muy feo el asunto, parece obra del Diablo. Hay que desinfectar rápidamente. Tráiganme, paños, fuego y aguardiente, no pierdan un segundo. Entretanto -dijo a las mujeres que se apiñaban arrodillladas ante el siniestro suceso- sigan taponando la herida con paños como sabiamente hasta ahora hicieron.
Daniel, trémulo, se coló entre las piernas de los hombres que formaban el corro alrededor de Teresa y se acercó a su madre. El instinto le hizo adivinar el lugar donde estaba su frente. Sobre ella posó su mano y entre mares de lágrimas le susurraba al oído: ¡madre! no te morirás ¿verdad?...no me dejarás…tienes que esperar a que yo pueda ver. No te irás sin que contemple tu rostro. Necesito el recuerdo de tu imagen para vivir…
Teresa, casi inconsciente, sacó fuerzas en medio de su delirio, para responderle: no hijo, no lo haré. Te lo prometo. Te esperaré. No me dejaré ir sin que veas mi rostro con vida.

Continuará…

markhus dijo
Muy buena narración, me he quedado enganchado desde las primeras lineas...Saludos, Marc
29 Mayo 2007 | 12:29 PM