¿Porque le llaman Refranero? preguntó Daniel.

¡Esa es mía! - dijo el cotilla Doctor Jeremías -. Escuché decir que tiene la costumbre de gravar un refrán en la base de todas las figuras que talla. Por eso le llaman Juan Refranero.

Curiosa manía -apostilló Héctor-.



Víctor se levantó y se acercó a la mesa donde estaba Juan y de pie ante él le dijo: buenas noches le sean dadas. Creo que estamos en esta villa por la misma causa, así pues, si vuesa merced desea sentarse con nosotros a compartir nuestras vivencias y viandas, será un honor para mí y los que allí le esperan con grata expectación.

Juan Refranero, alzó la mirada y respondió: acepto su invitación pues la soledad es mala compañera, además, comprobé la belleza del caballo de madera que entregó a concurso y que compite con mi San Pablo. He de reconocer, que es admirable su habilidad, así que vamos para allá, pues bien es sabido que a quién buen árbol se arrima buena sombra le cobija.


Víctor empezó a comprobar la afición del extraño por los refranes.



Una vez, presentados los comensales y cada vez mas distendidos gracias al generoso vino, hablaron de su vida durante largo rato.

En el momento oportuno, Teresa aprovechó para preguntarle si conocía a la monja, Paula de Rodrigo.

Juan respondió que si, pues el ya había hecho algunos trabajos para el Monasterio de Yuso donde ella era Madre Superiora. Continuó diciendo que había llegado joven, hacia seis años, procedente de algún lugar del sur, probablemente Toledo o Ávila, aunque no lo recordaba bien.


Comenzó como adoratriz – prosiguió Juan -, pero su comportamiento impecable ante los ojos de Dios, su estricto rigor en el seguimiento de la Doctrina de la Fe, y su carácter implacable, amedrentó tanto a sus ancianas competidoras, que estas mismas la recomendaron hace dos años al Obispo Mendoza para el cargo que ahora ocupa. Nunca nadie había llegado a ejercer ese cargo antes de cumplir los treinta, pero al no querer aceptar nadie la responsabilidad, el Obispo no tuvo mas remedio que hacer lo que hizo.

Poco más se sabe de su pasado. Yo hablé con ella varias veces pero no quise indagar más. Después de todo, no hemos de preguntar por saber ya que el tiempo nos lo dirá, pues no hay nada más hermoso que el saber sin preguntar.

- Cada vez que Juan dejaba caer un refrán, todos se miraban o se daban codazos y se reían entre sí -.


¿Es verdad lo que dicen? ¿Que siempre grava un refrán en sus piezas?

Si respondió Juan – Lo hago porque creo que son Verdades Universales y aquél que las sigue con continuidad, disfruta de una vida mas llevadera en este entorno hostil que nos ha tocado vivir. Si uno piensa en ellos con frecuencia, le advierten de los peligros que le acechan.

Y ahora - continuó diciendo - me he de marchar a descansar pues mañana hemos de madrugar para ver la resolución del jurado sobre nuestros trabajos para la Catedral pero antes me gustaría haceros un regalo para agradecer vuestra hospitalidad.

Sacó una bolsa llena de pequeñas figuras de madera y comenzó a resbuscar, hasta que saco seis piececillas. Entregó una a cada uno, pensando en las cosas que le habían contado.


Daniel pidió a su madre que leyese lo que ponía en la base de la suya.

“No hay peor ciego que el que no quiere ver”

Hasta Teresa se sonrió con la ácida ocurrencia.

El que no hablaba y quedó pálido fue Ciriaco, que aún no había comenzado el trabajo de guardián. Aquel del que todos habían huido muertos de miedo, por los aterradores alaridos y los extraños fenómenos nocturnos que se producían en la Catedral.

¿Que ocurre Ciriaco?, exclamó Jeremías con la nariz enrojecida por el vino. ¡Vamos!, que pone en tu figurilla, ¡Cuéntanos!

Ciriaco leyó con la voz entrecortada: “Cuando veas las barbas de tu vecino pelar, pon las tuyas a remojar”

Continuará…