Calle de la Esperanza

Héctor y Jeremías volvían del monte donde habían pasado la mañana recogiendo níscalos. Se dirigían hacia la plaza de Haro, porque como todos los domingos, allí se concentraba el bullicio de las gentes.
Era el día del mercado y hacía una mañana espléndida. Parecía que el invierno ya les saludaba dando su adiós, despidiéndose desde muy lejos hasta una próxima ocasión.
Al subir la empinada pendiente de la Rua de la Esperanza, encontraron sentado en las escalinatas de un caserón a “El hombre que lloraba”.
Era leyenda en la zona que aquel que entraba en desgracia, para apaciguar sus penas, debía pasar al menos un domingo arrepintiéndose de sus errores en la Calle de la Esperanza.
El hombre que lloraba, era el infame Ciriaco, arruinado y desquiciado, perdió tanto, que ya no pudo pagar la renta donde alojaba su bodega y fue desahuciado.
Ciriaco gastó tanto dinero en queso para distraer el paladar de sus clientes de la acidez de su vino, que de haber vendido el queso y regalado el vino, no se hallaría ahora en tal aprieto.
Héctor, el zapatero, fue el primero en detenerse y recriminarle lo que todos ya sabían en el pueblo: te lo advertí Ciriaco, -le decía- gasta menos en queso y más en buena uva y toneles de madera fina. Si no lo haces, al final tu ambición te llevará a la ruina.
Ciriaco, levantó la mirada y aún sollozando se lamentó: ¿qué voy a hacer ahora?, ¿de que viviré en adelante?, ¿qué he de decirle a mi esposa cuando me pregunte por cuanto tiempo podremos quedarnos en la casa? y los niños, ¿que comerán?

Jeremías se adelantó un paso para interrumpir el relato de sus desgracias: ya alcancé los setenta años de edad y desde que tengo conciencia de la existencia de este pueblo, no han llegado a mis oídos, noticias que confirmen que esta villa alguien de hambre ya murió.
Encontrarás trabajo en otro lugar, -le consoló Héctor-.
Ya lo he intentado -replicó Ciriaco- pero parece que mi fama de embaucador ha traspasado las fronteras de este pueblo. Arrepentido me hallo y corregirme quiero, pero ¿como convencer de mi buena voluntad a alguien de este pueblo?
Hace ya algún tiempo -dijo Jeremías girándose hacia Héctor- fui cliente suyo. Quizá de los más ingenuos, pues me tuvo engañado durante años enteros. Años que para mi familia fueron eternos. Puedo asegurarte, amigo Héctor, que jamás en esta tierra un vinagre tan potente fue vendido bajo el nombre de un vino excelente, como este hombre lo hizo.
El día que lo probé sin queso, me di cuenta de que las gentes de este lugar necesitarían de al menos tres vidas para olvidar ese sabor.
¿Tan malo era el vino? -preguntó Héctor asustado-.
Sí, sí que lo era -asintió Ciriaco a la vez que bajaba de nuevo la cabeza-.
Héctor le cogió del brazo y le hizo ponerse en pie. A la vez que le decía a Jeremías: querido Doctor. Hoy es domingo y hace sol. Es tan buen día para perdonar como para dejar de llorar. Dejadme que os invite a los dos en la plaza. Le diremos a Pedro que sirva su vino y nos ase alguno de estos níscalos. Se me está ocurriendo una solución al menos temporal, para esta alma en pena.
Enseguida un exultante Jeremías, que no se resistía a ese tipo de ofrendas, cogió a Ciriaco del otro brazo. Si mi amigo Héctor, el honesto zapatero lo propone, yo acepto gustoso el gesto ¡Vamos granuja, suerte la tuya que nos cogiste de buenas! La fortuna a veces llega cuando menos te lo esperas.
Al entrar en la plaza, Jeremías vio a lo lejos a Daniel acompañado de Víctor. Estaban frente al tenderete donde su madre vendía la sal. Daniel le mostraba sosteniendo en alto un alegre caballo de madera que según él…volaba…
Continuará…
markhus dijo
Muy interesante, me has dejado en ascuas....
Saludos
8 Enero 2007 | 04:06 PM