Tributo a Dudo
Lucas fue destinado nuevamente a un país extraño donde no conocía a nadie. Los primeros días comenzó a deambular por la ciudad y sus alrededores quedando maravillado.
- Viviré para siempre en este lugar - juraba para sus adentros, como recordaría años después desde una lejana distancia.
Los paseos frente a la costa de Estoril, Cascais y la playa de Carcavelos, le reconfortaban y la antigua ciudad de Lisboa le embriagaba, pero no conocía a nadie y empezó a sentir el pegajoso abrazo de la soledad.
Los días de desidia, fueron pasando lentamente hasta cumplir semanas.
Salía del trabajo, entraba en los mercados y se detenía en cantinas para charlar con gente. Pero esto era lo justo y suficiente para no olvidar que de la boca salen palabras
Llegó un día de suma tristeza y Lucas aún siendo consciente de la grandes virtudes que le afamaban, vió como su autoestima que hasta entonces ya era baja, fue haciéndose profunda.
Una soleada mañana de sábado, en su casa, en la que por vacía parecía una enorme estancia, mientras tomaba una taza de té, encontró en el quicio de la ventana un caracol.
La sola presencia de vida ajena en el lugar, le arrebató la distracción.
Colocó una tablilla con tierra húmeda y posó el caracol sobre ella, e indiferente, continuó haciendo la colada. Minutos después, frente al animal y secándose las manos se acercó a milímetros a contemplar los detalles y los ojos del caracol y pensó que el pobrecillo necesitaba un nombre.
Eran tiempos de grandes dudas, y en su eterna dubitación, recordó la frase que en su memoria, el simpático monje Indio Comas, siempre le repetía:
“La duda, la maldita duda, con su simpático nombre de perrita rusa”
Y así fue como con el nombre de “Dudo”, al caracol bautizó.
El lunes después del trabajo, no hizo ninguna parada en el camino a casa. Había allí alguien más y se preguntaba con curiosidad que habría estado haciendo el caracol, todo el día solo. Entró, y al mirar la concha, se sonrió al ver el cuerpo de Dudo salir, estirándose como quién se despereza después de una larga siesta.
Cogió de la alacena una pequeña hoja de lechuga y se la ofreció y no pasaron minutos hasta que Dudo dio buena cuenta de ella. Le ofreció otra mientras exclama en tono socarrón:
- ¡Vaya, estabas hambriento, bandido! - y se preparó también algo para él.
Poco a poco después de varios días, la complicidad entre los dos se hizo latente y Lucas le hablaba y le contaba sus cosas, mientras Dudo se retorcía sobre sí y gesticulaba lentamente. A él, le agradaba aquel comportamiento y hasta se lo llevaba al salón para pasar la tarde junto a él, viendo los dos la televisión.
Lucas, recuerda aún hoy en día aquellas puestas de sol, cuando llevaba a Dudo hasta el acantilado, desde dónde les gustaba divisar el lejano horizonte. Los dos pasaban largo ratos sentados sobre una roca, observando como se acercaban los barcos que llegaban de América. Si Lucas sonreía, Dudo estiraba su cuerpo hacia el cielo y si a uno le volvía la melancolía el otro arrastras sus babas y tendía sus cuernos a ras de suelo.
Fue una amistad grata, hasta que un día, en la misma cocina, al sacudir la camisa arrugada sobre la que sin saberlo Dudo dormitaba, su cuerpo y su concha se estrellaron contra la negra baldosa en el suelo, como un cometa decadente sobre un planeta yermo.
Nada pudo Lucas hacer más que, arrodillado y con un nudo en la garganta, recoger el cuerpo inerte. Esa misma tarde, en la arena de una desierta playa, fue a enterrar la reliquias del amigo Dudo, aquel que en los momentos más difíciles, supo alejar sus grises y tristes penas.
Años después, Lucas me contó, que a partir de aquel día empezó a conocer gente, muy simpática y muy divertida, y que fue haciendo grandes camaradas. Él estaba seguro, que tras todo aquella transformación, podía sentir flotando en el aire, la presencia del espíritu del afectuoso, grande y noble Dudo.
Vaya por él este tributo, y que en su lento viaje hacia el cielo, el Dios de los caracoles lo acoja en su seno. A Dudo, a ese que a pesar de ser tan lento y silencioso bichejo, le fue tan entrañable compañero.
Renaissance dijo
La insoportable soledad del ser... por parafrasear el archiconocido título del libro de M Kundera...
Este relato lleno de ternura me ha hecho pensar de nuevo en lo solos que podemos llegar a sentirnos en esta era de la comunicación. Qué irónica paradoja que precisamente cuando nunca tuvo el hombre tantas posibilidades de relacionarse con los demás nos hallemos tan solos.
Mira que me gustan tus cuentos, Peter... Un besazo, amigo, nos leemos.
24 Octubre 2006 | 10:21 AM