El zapatero remendón
Héctor era un anciano zapatero remendón a la antigua usanza.
Nunca hacía más de dos buenos pares, pues le era suficiente para vivir y acumular riquezas no era condición que el obedeciera.
Unos de caballero y los otros de doncella para que ninguno anduviese descalzo sin que el otro lo viera.
Aquella tarde de otoño, cerraba como siempre temprano la gran puerta de madera pues tenía que ir con el Doctor Jeremías al monte a recoger setas.
Mientras echaba la llave, sintió que algo le tiraba de su chaqueta y al darse la vuelta contempló que era una hermosa joven muy bajita, que con la mano tendida sostenía una monedas mientras ella le canturreaba con voz risueña.
“Zapatero, zapatero,
Hágame unos zapatos con tacón que levante,
Pues soy bajita, y no llego a los labios de mi amante”.
Héctor encantado, sujetó la mano de Carmela y cerrándosela con el dinero aún en su palma, añadió sonriendo:
“Niña bonita, vuelve mañana temprano y sin demora
Pues deberías saber que los besos que no damos
Se van para siempre, revoloteando como esporas.
Ve a Jeremías y dile que espere a otra tarde,
Pues las setas a la tierra ya están amarradas,
Y en cuestión de perder besos uno es cobarde”
Renaissance dijo
¡Ay, Peter, cuánto me gustan tus historias..! A pesar de que hace muchísimo tiempo que corté mis trenzas, sigo disfrutando como una niña pequeña con los cuentos. Y este es una delicia, a mitad de camino entre el relato y la poesía popular. De verdad que lo he disfrutado.
Conste en acta que no me olvido de las pesquisas que haces sobre el cuadro "Los amantes". Tengo ganas de saber qué ocurrió con Víctor.
Besos, y ya sabes.. Nos leemos.
19 Octubre 2006 | 04:49 PM